JULIA RODRÍGUEZ LARRETA
Cristina regresó de Francia. De su visita al presidente Sarkozy y de su presentación en la marcha exigiendo la liberación de Ingrid Bentacourt, a la que asistió tocada de una boina que le valió ciertas críticas interpretaciones, como la de Pilar Rahola, al asociar ese tocado al del Ché y los movimientos revolucionarios. Aunque más vale pensar que sólo fue una cuestión de coquetería o simplemente porque hacía frío. Ya que a decir verdad, cuando la tensa Cumbre de Santo Domingo, a pesar de su evidente inclinación hacia Chávez y Correa, de labios de la presidenta argentina se oyó el calificativo "terrorista", al referirse a los insurgentes de las FARC. Lo que tiene su significado, del momento que con este léxico contrariaba la campaña del venezolano, lanzada para que internacionalmente se les dejara de llamar por lo que son; terroristas.
Sin mayores demoras, envió respuesta al pedido de reunión de las entidades gremiales, que ya se habían dado cuenta de lo estériles que resultaban los encuentros con otros funcionarios, como el Jefe de Gabinete. Sin embargo, es grande la brecha de concepciones que hay de un bando y otro. Porque el gobierno no quiere dar marcha atrás con el confiscatorio sablazo a los productores rurales. Y en cambio quiere continuar inflando la maraña de papeleos a que obliga la parafernalia de subsidios, reintegros, etc.
A lo que los pequeños productores se resisten con toda lógica, porque ya saben de que se trata. Son hombres de trabajo a quienes no les gusta, perder tiempo en infinitos papeleos. Lo que piden es que se les permita hacer su labor libremente y no tener que hacer cola frente a ventanillas y empleados públicos.
Además, ya hay experiencia en estos temas de subsidios a los que en principio se puede acceder por tal o cual motivo pero, curiosamente, luego algunos los consiguen y otros no, aún cuando se trate de casos análogos. Este manipuleo del mercado se presta siempre, para engrosar la burocracia, la prebenda y la corrupción; y los argentinos bien lo saben.
OPORTUNIDAD. Es sumamente lamentable, observar cómo Argentina, gracias a sus actuales gobernantes, hace lo posible para desperdiciar una fantástica oportunidad. Como predestinados por un fatídico karma, los argentinos - o mejor, ciertos argentinos- se muestran decididos a repetir los errores del pasado, en lugar de aprovechar las espléndidas condiciones de su geografía, de los precios internacionales y de la capacidad de su gente.
Porque entendámoslo bien, las cosechas no nacen por generación espontánea y los excelentes rindes y la calidad de su ganadería y lechería no es solo producto de las virtudes de su naturaleza, sino de todo el esfuerzo, el sacrificio y la inteligencia que hay detrás.
¿Acaso no se revolucionó el área agraria uruguaya, luego que los vecinos del otro lado del Plata empezaron a invertir y a aplicar sus conocimientos en el suelo oriental, donde tradicionalmente se decía que nuestras tierras no eran buenas para la agricultura? Es por ello que cuando cruzaban el río, personas relacionadas con la producción agropecuaria, se asombraban al ver nuestros extensos campos cuasi vírgenes.
Pero gracias a las equivocadas políticas del gobierno argentino y nuestras hectáreas, naturalmente menos preciadas, los productores argentinos son cada vez más en nuestro territorio y parece que por decisión de las máximas autoridades del país vecino, la corriente habrá de continuar.
Sin embargo, nadie se puede alegrar cuando ve que, del otro lado el gobierno se muestra determinado a copiar la vieja receta peronista. La de finales de la segunda guerra mundial, cuando el General Perón empezó a correr a los empresarios extranjeros, a nacionalizar todas las empresas, al estilo de lo que hoy hace Chávez y otros émulos del continente ¿perdido?
En aquellos tiempos, también se atacó al capital, se persiguió y esquilmó al sector rural por medio del sistema de los cambios diferenciales para importaciones y exportaciones y el campo sufrió las consecuencias, en una época en que Europa renacía hambrienta de la destrucción.
Por otro lado, pero por las mismas razones intrínsecas, hay un caldero hirviente que va aumentando su presión. Si el campo recibiera el precio de su producción como debiera, las provincias tendrían mucho más para recaudar por el Impuesto a las Ganancias. Según la Fundación Mediterránea, éstas están dejando de recibir para sus arcas, unos $4.500 millones de pesos, dado que las retenciones, al ser un impuesto encubierto que no ha pasado por el Congreso, como lo exige la Constitución, no es coparticipable; no se comparte con los gobiernos provinciales. Y ya hay Gobernadores como el de Córdoba que no ocultan su molestia.