JUAN ANDRES RAMÍREZ
La filosofía política del siglo XX estuvo signada casi hasta el final de la séptima década, por una cierta "pax philosophica" en la que existían determinados dogmas normalmente admitidos, lo que generaba una escasa reflexión innovadora.
Uno de los dogmas establecidos era el de la separación -y hasta una cierta incompatibilidad- entre la libertad y la igualdad.
En los sistemas democráticos occidentales se admitía como producto moralmente neutro la existencia de una progresiva y manifiesta desigualdad económica entre los ciudadanos y, paralelamente, en los sistemas marxistas se admitía la legitimidad de una severa limitación, o aún el aniquilamiento, de las libertades políticas y civiles, como costo del tránsito a la sociedad sin clases, a través de la dictadura del proletariado.
Parecía entonces -de acuerdo al pensamiento dominante- que la humanidad debía resignarse en sacrificar uno de los dos valores, al ser incompatibles entre sí.
EL UTILITARISMO. También durante el mismo período la discusión acerca de la moral en la acción social y colectiva, se encontraba empantanada.
En las sociedades occidentales, la reflexión filosófica se encuadraba fundamentalmente entre el utilitarismo y en el liberalismo conservador o libertarismo.
Carlos Nino define al utilitarismo (en todas sus variantes) como "la teoría ética normativa que defiende un solo principio último para evaluar las acciones e instituciones humanas: el llamado "principio de la mayor felicidad" que establece que la corrección moral de un acto o de una práctica social está dada por la contribución de sus efectos causales totales a la felicidad (entendida como suma de placeres o de satisfacción de preferencias o intereses) de todos quienes están afectados por tales consecuencias"
EL LIBERALISMO. Enfrentando al utilitarismo se encuentra, prácticamente como único adversario, el liberalismo.
Esta doctrina resiste la posibilidad de que en aras del interés general promedio (la mayor "felicidad general") sea moralmente correcto restringir derechos individuales, que consagran valores trascendentes de la persona humana.
El liberalismo tiene sus raíces en Kant, de quien toma el valor individual de cada persona, su separabilidad y autonomía moral y su derecho a elegir su destino personal sin la influencia externa "perfeccionista" de la sociedad en su conjunto.
A partir de allí el liberalismo deriva y postula tres principios fundamentales: la inviolabilidad; la autonomía y la dignidad de la persona humana, reclamando al Estado límites en respeto a esos principios, aún cuando sus normas jurídicas fueran avaladas por la voluntad mayoritaria.
LA EFICIENCIA ECONÓMICA. En paralelo se produjo la oposición teórica entre la eficiencia económica y la igualdad.
Adviértase cómo el pensamiento liberal conservador y la doctrina utilitarista aunaban argumentos para defender el sistema económico del mercado y admitir o justificar las desigualdades económicas crecientes.
El liberalismo justificaba la exclusión de la intervención del Estado en la contratación entre los particulares. El utilitarismo, por su parte, justificaba el sacrificio del interés de grupos sociales, si el resultado final abonaba una mayor felicidad general, por virtud de la más eficiente asignación de recursos en la economía.
LA CRECIENTE INJUSTICIA. Pero más allá de la fundamentación dominante, la realidad en forma cada vez más evidente, reflejaba un elevado nivel de injusticia social.
Ni en la época romana entre ciudadanos y esclavos, ni en al Edad Media entre señores y vasallos, ni en la monarquía absoluta entre aristocracia y plebe, la diferencia entre extremos fue tan grande como a partir del tercer tercio del siglo XX.
Ante tal comprobación intuitiva, la doctrina liberal en el último tercio del sigo XX sale de su empantanamiento reflexivo y aparecen los principales cuestionamientos al liberalismo conservador. Con ella se enfrenta tanto al liberalismo conservador como al utilitarismo.
Los cuestionamientos más revulsivos que esta nueva reflexión aportó fueron:
a) si es efectivamente correcto que el Estado debe ser neutral y sólo intervenir para evitar las conductas que dañan a terceros, como proclama el liberalismo, tales conductas dañosas ¿sólo se producen por acción como postula el liberalismo conservador o también pueden producirse por omisión?
Aparece entonces, por primera vez dentro de la doctrina liberal, la admisión de que el Estado imponga a los súbditos conductas positivas, en tanto que su omisión perjudique al prójimo.
b) ¿cuál es el fundamento moral de la posibilidad de acceso a los bienes?
El reclamo del liberalismo conservador se concreta y se reduce a garantizar la libertad de la voluntad individual en las transacciones patrimoniales -en los contratos- pero sacralizando el sistema previo de adjudicación de los bienes productivos.
La impugnación liberal es contra esa sacralización: el criterio moral debe analizar también la justicia de la distribución previa y no admitir como axioma la corrección de la llamada "Teoría de los títulos".
c) ¿cuál es el criterio correcto para la obtención de los bienes?
Aquí aparece un cuestionamiento severo a la tesis tradicional: la regla moralmente correcta no es "a cada cual según sus capacidades" sino "a cada cual según su esfuerzo". Ello, en tanto no somos moralmente responsables de nuestras limitaciones intelectuales o físicas, por lo que quien está mejor dotado no tiene razón suficiente para ser por ello más feliz.
También desde filas del utilitarismo se advirtió la injusticia creciente, en la sociedad contemporánea.
Para evitarlo, se sustituyó por algunos autores como Karl Popper, el principio de la "maximización de la felicidad" por el de la "minimización del sufrimiento".
Ilmar Tammelo describe así al utilitarismo negativo: "Para mi, el mayor deber de un orden de justicia consiste en la supresión o en la mayor reducción posible de la miseria. El principio del utilitarismo positivo, según el cual se debe aspirar a la mayor felicidad (posible) del mayor número de seres humanos, hay que ponerlo en duda. También mi preocupación se refiere a los infelices. A esto hay que añadir que la felicidad de la mayoría es con demasiada frecuencia "comprada" con la desgracia de la minoría. Teniendo todo esto presente, me satisface más el utilitarismo negativo, aquel según el cual debe ser evitada la infelicidad de tantos seres humanos como sea posible en la mayor medida de lo posible."
LAS CRÍTICAS. Amartya Sen realizó los mismos análisis, pero acentuando el enfoque económico.
En cuanto a la oposición anterior entre libertad e igualdad la controvierte de esta forma: "La retórica de la libertad ha sido ampliamente utilizada por muchos pensadores que han demostrado relativamente poco interés por la equidad y algunas veces inclusive antipatía. Sin embargo, resulta difícil entender una perspectiva de libertad que no tenga a la equidad como elemento central. Si la libertad es realmente importante, no puede ser correcto reservarla únicamente para uno pocos elegidos".
Por fin, en cuanto a la oposición entre eficiencia e igualdad, demuestra que no solo es moralmente incorrecta sino empíricamente falsa: "Si, por ejemplo, se le niegan a muchas personas las oportunidades sociales de la educación básica debido a una falta de acceso a escuelas, o si carecen de derechos económicos básicos debido a desigualdades masivas en la propiedad, los resultados no se limitarán únicamente a la existencia de esa desigualdad, sino que abarcarán también otros efectos limitantes vinculados a la naturaleza de la expansión económica."
NUEVAS DOCTRINAS. En el mismo período, resurgieron distintas posiciones filosóficas, tales como el comunitarismo, el republicanismo y el marxismo analítico.
El común denominador entre ellas es oponerse al principio básico liberal de otorgarle primacía a la autonomía del individuo como ser moral.
Al contrario, con origen más o menos riguroso en la doctrina moral de Hegel, niegan que el individuo exista en forma independiente de sus orígenes culturales, históricos, sociales, lingüísticos, religiosos, sus leyes y costumbres.
En Uruguay, el Partido Socialista, en los últimos años se ha autodefinido como "republicanista" (sin renegar de Marx), rechaza explícitamente los conceptos de autonomía personal y libertad individual; en estos términos esclarecedores: "Discrepamos con el liberalismo filosófico, que considera al individuo una abstracción previa a la sociedad". "El hombre aislado no puede elaborar sentidos para su vida, los cuales son bienes simbólicos y se elaboran colectivamente." ("Perspectivas acerca de la Democracia sobre Nuevas Bases el gobierno progresista y el socialismo en el Uruguay" del Partido Socialista.)
NUEVA DENOMINACIÓN. Pues bien, como resultado de la nueva reflexión en el campo de la ética, el liberalismo -restableciendo la fidelidad a sus valores y fundamentos esenciales- adquiere una nueva denominación el "liberalismo igualitario" y una renovada fuerza.
Se superan así las falsas oposiciones entre libertad e igualdad. Además, se corrigen las contradicciones resultantes de la doctrina libertaria conservadora, que le lleva, aún hoy, a admitir como moralmente legítimas las notables y crecientes desigualdades.
En última instancia, el liberalismo igualitario armoniza la libertad con la igualdad al rescatar como concepto esencial de la libertad, la posibilidad y el derecho de cada individuo de elegir libremente su destino personal. Y esa libertad de elección sólo se logra, otorgando una verdadera igualdad de oportunidades, donde se equilibren las desiguales facultades y aptitudes intelectuales o físicas, generadas por la "lotería natural"; según la ilustrativa denominación que utiliza Rawls y las desigualdades que impiden el acceso a los bienes primarios necesarios para otorgar a todos la posibilidad de alcanzar la dignidad que le corresponde como ser humano.
En suma, ni liberales conservadores, ni totalitarios, sino cabalmente liberales.
Nota: Este artículo es un extracto del trabajo presentado en el Seminario "¿Y si le sacamos el freno al país?" realizado el 22 de abril de 2008.