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Los amenazantes desafíos actuales

CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC

El mundo sigue buscando respuestas a varias preguntas que son su nuevo calvario. La primera se inclina a responder si el patrón de pagos internacional podrá absorber los excesos en los mercados financieros desarrollados, sin afectar a los mercados emergentes. Todavía persiste un hecho preocupante. Los bancos centrales de varios países desarrollados continúan maniobrando para despejar situaciones aún no resueltas en sus sistemas financieros. En otras palabras, ¿estamos en otra antesala de una reversión del financiamiento externo, o por lo menos de su languidecer temporal, precisamente cuando numerosas economías emergentes requieren recursos adicionales para una expansión sostenida?

La segunda interrogante gira en torno a la verosimilitud del desacoplamiento creciente entre los países desarrollados y el resto del mundo. Sobre el particular hay muy variadas opiniones, pero bajo un denominador común: ese desacople es más una aspiración que una realidad respaldada con hechos. Existe consenso en que los países que agrupan más de la mitad del producto bruto mundial crecerán a ritmos sustancialmente menores que en años previos. Y lo cierto es que el mundo en desarrollo no tiene capacidad de expandir su consumo doméstico para sustituir con rapidez una caída sustancial del nivel de actividad de los países más grandes.

No hay modelo que pueda explicar el comportamiento de esa nueva dinámica y sus efectos colaterales al menos por dos razones. Una, es la complejidad innata del problema. Y la segunda es que la experiencia histórica pierde valor al encontrarnos en un escenario que dados sus cambios estructurales recientes, la hizo obsoleta. Quizás, lo único que se puede rescatar es que las crisis tienen formas inéditas de diseminarse, lo que llama a la alerta permanente para actuar al menor indicio.

LAS MATERIAS PRIMAS. Sobre el carril del precio de la energía y, en particular sobre el precio de los alimentos, es que se derraman nuevos efectos no esperados por la magnitud de su virulencia, los efectos sociales y la puesta sobre el tapete de nuevos desafíos que requieren solución inmediata.

Hemos llegado a la constatación de que el crecimiento del mundo está parado sobre pies de barro.

La energía, sea por su precio elevado, falta de disponibilidad o una combinación de ambos aplica un freno potente sobre la capacidad de crecimiento y el bienestar de las personas. Más aún, la búsqueda de paliativos genera distorsiones en otros mercados tan distantes como el de los alimentos. La política de subsidiar la producción de etanol con maíz es un buen ejemplo.

Pero no hay que llamarse a engaño. El déficit alimentario agudo en algunas partes del mundo, los aumentos de su precio y las recientes tensiones sociales conexas están enraizados en otros aspectos que hacen al cerno del crecimiento económico mundial. Y de suyo, pone al tema en el primer plano de la agenda de la política económica, en este caso a escala global.

La realidad es que a esta altura de la historia se convive con la inmoralidad de que el hambre causa estragos en naciones enteras. En algunos lugares se muere por desnutrición y no por guerra. En otros, hay inestabilidad política ante el temor de no cubrir una necesidad básica fundamental, distrayendo a sociedades enteras de la búsqueda de cometidos superiores. Lo más impactante es que esos efectos son promovidos, en parte, por grandes segmentos de la población mundial que han salido de la pobreza, y comen más y mejor. En muchos casos, agregando a su dieta cantidades crecientes de proteína animal, con la característica que para producir un kilo, se requieren cinco de proteína vegetal.

Esta realidad es irreversible, está ligada a la evolución misma de la humanidad, y es una consecuencia de la globalización creciente.

Es en ese entendido, que si últimamente se fue a la búsqueda de soluciones multilaterales para evitar conflictos, hoy el llamado tiene que ser lograr una mayor oferta alimentaria, cuya disponibilidad no enfrente restricciones. Es un tema que no admite excusas ni dilatorias.

Sobre el particular seguramente no hay disensos. El desafío y las diferencias surgen en cómo resolverlo. Como en todo lo conectado con el quehacer humano, aparecen distintos enfoques contaminados de dimensiones políticas que defienden modelos o intereses propios.

En el corazón de los problemas a resolver está el concepto de la seguridad alimentaria junto a reglas apropiadas para el comercio de alimentos, la capacidad de generar cambio tecnológico, culminando con la institucionalidad adecuada para enmarcar a una actividad crucial como la agropecuaria. Este conjunto de temas tiene dimensiones tanto internacionales como domésticas. Lo uno no puede solucionarse sin resolver lo otro.

CABALLO DE TROYA. El tema de la seguridad alimentaria y del comercio ha estado en la palestra desde hace décadas, y ha sido el caballito de batalla de los países de la Unidad Europea para defender su política agrícola proteccionista. Recientemente, el Ministro de Agricultura de Francia ha manifestado públicamente que ese modelo debería adoptarse por los países que tienen déficit alimentario, usando como fundamento que los países europeos son inmunes desde larga data a ese tipo de problemas. Lo que olvida es el bolsillo profundo de sus tesorerías financiando agricultura ineficiente, el consiguiente vuelco de excedentes masivos al mercado desalentando o arrasando agriculturas nativas, y las murallas que impone en la importación de bienes agrícolas transgénicos. Eso desestimuló la adopción de cambio tecnológico a nivel global, principalmente en los países más pobres, ante el temor de perder el acceso limitado a esos mercados.

En esto aparece una especie de caballo de Troya, que disfrazado de un propósito loable no hace otra cosa que poner una traba a la liberalización del comercio internacional de alimentos, única fuente genuina para aumentar la oferta de alimentos a escala mundial. La comprobación reciente es la puesta en producción y expansión de la agricultura de áreas templadas, una vez que se entreabrieron las puertas del comercio internacional de alimentos acompañado por una tonificación en sus precios.

Por tanto, las negociaciones en la ronda de Doha han adquirido una dimensión y un aliado nuevo conectado con la necesidad de paliar la escasez en la oferta mundial de alimentos.

CAMBIO TECNOLÓGICO. Hoy flota en el ambiente, la idea que ciertos aspectos de la carencia alimentaria son resultado de un enlentecimiento en la creación de nuevas tecnologías. Quizás no esté presente la mística que generó la revolución verde comenzada en los años sesenta, apoyada en una red de centros de investigación internacionales, que hizo aumentar dramáticamente los rendimientos del maíz y el arroz. Es un esfuerzo que parece haber languidecido. Habría que redoblar esfuerzos para replicarlo, buscando un salto en la productividad agropecuaria.

Pero por detrás hay algo más sutil. La adopción de una tecnología de avanzada requiere de cambios estructurales generalmente divorciados de la agricultura familiar tradicional. Para su concreción, se requiere del uso intensivo de insumos tecnológicos (fertilizantes, agroquímicos), una dotación de capital por hectárea elevada, y entrenamiento creciente de la mano de obra. Todo eso implica escalas mínimas de producción, que pueden ir a contrapelo de visiones ligadas a pequeñas unidades productivas a escala familiar. Los ejemplos recientes muestran que la expansión agropecuaria va enancada en lo que hoy algunos ya tipifican como el modelo brasilero, consistente en empresas de operadores agropecuarios integrados verticalmente desde el predio a los mercados de ultramar. Sin desconocer la existencia de rangos intermedios, esto marca una tendencia de hacia dónde irá la peripecia de la agricultura.

La cooperación del sector público y privado, acompasando movimientos y esfuerzos es clave. Los episodios pasados de creación de cambio tecnológico y su adopción posterior son ejemplos a estudiar, y asignaturas básicas de la agenda internacional y los gobiernos.

CONCLUSIÓN. Por su espectacularidad, los eventos financieros recientes han acaparado la mayoría de los titulares. Su permanencia tendrá dimensión temporal corta, aunque sus efectos sean severos. Pero de manera impensada, han ayudado a sacar a luz un nuevo tema más profundo, que no se resuelve con cortoplacismos ni medidas administrativas temporales, sino que requiere de visiones que trascienden generaciones.



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