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Lejos de casa
Ingresar en la Universidad es una carrera con obstáculos para los estudiantes del interior. Tienen que madurar de golpe, sufren el desarraigo y llegan con menos formación. El cóctel deriva en abandono y fracaso escolar.

Lucía Massa

En la cocina hay casi una heladera por habitante. Élida muestra la suya. Los tupper wares están colocados con una precisión que demuestra años de experiencia. El objetivo: aprovechar cada centímetro cuadrado de congelador y, de esa forma, conservar en buen estado la comida materna que llega los viernes y sábados, vía encomienda, al Centro Estudiantil de Artigas.

Como la mayoría de las intendencias, Artigas financia un hogar, con capacidad para 45 estudiantes, a los que les da la posibilidad de hospedarse entre gente conocida y a un precio más que razonable. El hogar de Artigas cobra 1.170 pesos mensuales mientras que una pensión con servicios básicos no baja de los 2.000 pesos.

El centro cuenta con otros beneficios. Permite enviar encomiendas de forma gratuita a través de Turil y Cut, y ofrece un 40% de descuento en pasajes.

Juan Brum, regente del centro, destaca que para muchos es la única oportunidad de estudiar en Montevideo y agrega que este año quedaron 12 estudiantes en lista de espera por falta de cupo. El objetivo es crear un ambiente "en el que el estudiante pueda dedicarse de lleno a su formación", cuenta Brum. Por ejemplo, analizan contratar a una cocinera para que los estudiantes ahorren el tiempo que destinan a prepararse la comida. Brum anuncia que el hogar se mudará del Centro a Tres Cruces, "lugar estratégico, cerca de la mayoría de las facultades".

En primero de Ingeniería, los exámenes más difíciles, de cálculo y álgebra, se resuelven con preguntas múltiple opción o, en una versión incluso más fácil, apenas marcando con una cruz "verdadero" o "falso". Para aprobar el curso y tener derecho a examen, sólo se necesitan 25 puntos sobre 100. Y con 60 ya se logra el nivel de exoneración.

Pablo integró el selecto grupo de los tres alumnos de su generación que aprobaron todos los exámenes de sexto en diciembre, en el liceo departamental de Tacuarembó. Con esos antecedentes frescos, llegó a Montevideo con la ilusión de terminar la Facultad de Ingeniería en cinco años. Y no pensaba alargarla ni seis meses más. "Parecía fácil exonerar con sólo 60 puntos. Además, uno al principio es ingenuo y cree que con evaluaciones múltiple opción no puede ser muy difícil". Tres años después, el chiste que hace con sus amigos es otro. "Lo que decimos es que no le vas a ganar a suerte a una facultad que tiene un Instituto de Probabilidad".

Lo que nadie le explicó a Pablo, como a ninguno de los 450 alumnos del interior que se anotan cada año en Ingeniería, es que cada respuesta errónea no sólo no suma sino que resta puntos al examen. Tampoco le advirtieron que el nivel de aprobación de cálculo es menor al 30%, lo que supone que un estudiante promedio tenga que dar el examen tres veces antes de salvarlo. Ni le avisaron lo que nadie en la Universidad de la República (Udelar) se atreve a negar: la facultad les cuesta más a los 30.000 estudiantes del interior que a los que nacieron en la capital.

Por el costo económico que acarrea instalarse en Montevideo. Por el desarraigo y una independencia familiar precoz a los 18 años. Por el choque con una institución y una ciudad con códigos totalmente diferentes. Porque dejan de ser el alumno al que todos conocían por el nombre y pasan a ser apenas un número casi anónimo. Y también porque llegan con una formación con más carencias que la que reciben los estudiantes de secundaria de la capital. Los distintos actores consultados por Qué Pasa esgrimen motivos de los más diversos. Motivos que se suman y crean un cóctel explosivo que deriva en niveles de deserción y abandono alarmantes.

En la oficina de Bienestar Universitario dependiente de la Udelar este año se anotaron 600 estudiantes con la intención de aplicar a una beca de apoyo económico. A esta altura del año, a menos de dos meses del comienzo de clases, alrededor de 120 estudiantes no llegaron ni siquiera a presentarse en las entrevistas previas a la adjudicación de las ayudas. Es decir que uno de cada cinco estudiantes de los que solicitaron becas para arrancar sus estudios universitarios se volvieron antes de empezar.

El filtro muchas veces es previo a la inscripción en facultad. Aunque el 59% de la población vive en el interior, sólo 36% de los que estudian en la Udelar nacieron fuera de Montevideo, según el Censo de Estudiantes Universitarios de 2007. Las cifras son más preocupantes si se toman en cuenta los que viven en el campo. Si bien el 10% de la población uruguaya es rural, sólo el 1% llega a la universidad. Son menos los estudiantes rurales que los que llegan desde el exterior, que rondan el 3%.

Los datos no hacen más que confirmar el fenómeno. De todos los estudiantes de Montevideo que terminan secundaria, el 58% ingresa a la universidad, mientras que del total de estudiantes del interior en iguales condiciones, acceden sólo el 30,5%, según datos de Bienestar Universitario en base a una encuesta del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Esa suma deriva en rendimientos académicos más bajos. Hay estudios que dejan en evidencia que los estudiantes del interior ya entran a facultad en desigualdad de condiciones.

Todos los años, la Facultad de Ingeniería hace una prueba de evaluación a los alumnos de la generación entrante. En una de las partes de esa prueba, denominada Herramienta Diagnóstica al Ingreso, se les entrega un texto breve y se les pide que encuentren la idea principal. El test de comprensión lectora arroja resultados inquietantes. En 2005, el 65% de los alumnos no fue capaz de detectar el tema central de la lectura. Aunque la facultad no hizo públicos los datos desagregados de 2005, las consideraciones finales alertan que "los estudiantes provenientes del interior presentan mayor porcentaje en la ausencia de la captación de la idea principal del texto que los estudiantes del Montevideo". Eso se traduce, como advierte el estudio, en un nivel de preparación "que dista de ser el nivel de competencia… imprescindible para cursar los primeros cursos de la carrera".

Los resultados de la Herramienta Diagnóstica de Ingreso, que se empezó a implantar en la década de 1990, llevaron a que la facultad tomara distintas medidas. Entre ellas, optó por darle al estudiante la posibilidad de cursar cálculo y álgebra en la modalidad denominada de "trayectos diferenciados". Eso significa que el estudiante pueda ir más despacio y cursar esas dos materias, que en principio son semestrales, a lo largo de un año. Pablo en su momento no quiso hacerla anual porque estirar la carrera seis meses le parecía "demasiado". Con la experiencia de tres años en facultad, sabe que en cinco años no se recibe prácticamente nadie y se arrepiente de no haber elegido la modalidad anual. Al final, la tuvo que suplir con clases particulares.

Hoy, Pablo entiende que le faltaban herramientas. "Había cosas que en el liceo no me habían enseñado y cuando llegué acá los docentes daban por obvio que las tenía que saber". De hecho, las inscripciones para cursar las dos materias más difíciles de primero en un año en lugar de semestrales muestran que los del interior se dan cuenta que necesitan una ayuda extra. Y que la aprovechan: el 80% de los que se inscriben para cursar cálculo y álgebra bajo la modalidad extendida son del interior, señaló la Unidad de Enseñanza de la Facultad de Ingeniería.

La propia universidad tiene claro que la preparación de los estudiantes del interior tiene déficits. "Debemos reconocer que vienen con una formación peor, sobre todo a nivel de ciencias. Ellos llegan pensando que como eran buenos estudiantes en el liceo les va a ir bien pero entran a Ingeniería, por ejemplo, y no pegan una con las matemáticas", señala Roberto Gallinal, director del departamento de Trabajo Social del Servicio Central de Bienestar Universitario, dependiente de la Udelar.

Todos destacan el problema del interior con las ciencias. Desde la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (Feuu), Sebastián Venanzetti, secretario de Cultura, recorre los liceos del interior durante todo el año en el denominado Grupo Liceos. Uno de los objetivos de este grupo es brindar talleres para dar a conocer las opciones educativas con las que cuenta la Udelar. Con esta experiencia a cuestas, Venanzetti es otro de los que confirman que los estudiantes del interior vienen menos preparados. Y esboza una de las causas. "Por lo menos un 50% de los profesores de secundaria del interior no tienen formación docente, es decir que no son egresados del Instituto de Profesores Artigas (IPA) ni de ningún otro instituto que los prepare para dar clase", señala.

Y desde el IPA aportan otro dato preocupante. "La baja titulación en el interior del país se profundiza aun más entre los profesores de matemática y física" cuenta Marco Cantieri, integrante del Centro de Estudiantes del IPA.

Cada año, por las oficinas de Bienestar Universtiario pasan entre 3.500 y 4.000 chicos del interior. Gallinal los ve llegar y muchas veces, desaparecer. Los más afortunados lograrán acceder a las 500 becas de alojamiento y apoyo económico que otorga Bienestar Universitario. Dependiendo del tipo de beca que consigan, los estudiantes recibirán entre 2.600 y 3.500 pesos mensuales. El 80% de los que obtienen estas ayudas son del interior. En ese sentido Gallinal reclama a la universidad una flexibilidad mayor. Y, sobre todo, que se termine de entender que el estudiante del interior "no va a tener la misma escolaridad a fin del semestre que la que tiene el chico de Montevideo. El de la capital viene bien preparado, fogueado y llega todas las noches a su casa donde lo espera un plato de comida caliente. Eso es evidente pero cuesta entenderlo. Lo preocupante es que le cuesta mucho entenderlo a la propia Universidad. No le podemos exigir lo mismo a los dos", concluye Gallinal.

El tema es que para mantener la beca, que se otorga a hogares con un promedio de ingresos de 1.942 pesos (que en ningún caso puede superar los 5.000 por integrante), se exige el mismo nivel de aprobación a un estudiante de Montevideo que a uno del interior. Gallinal destaca que "por lo menos" ahora se bajó el nivel, que era muy difícil de alcanzar. Antes se exigía que los becarios aprobaran el 60% de las materias. Ahora se rebajó al 38%. Con la exigencia anterior, un 35% de los estudiantes perdía sus becas de un año a otro.

En el Centro de Estudiantes de Artigas, el encargado, Juan Brum, tiene que lidiar con esta realidad todos los días. Cuando se enfrentan a los primeros exámenes, "los chiquilines resbalan por todos lados". Brum agrega que muchos terminan en profesor particular y otros directamente abandonan la carrera. "Los docentes de facultad esperan que ellos tengan una preparación que en Artigas nadie les da". Por estos días le toca vivirlo más de cerca. Su hija, que fue una alumna destacada en el liceo, entró este año a Medicina. Pensó que iba a ser mucho más fácil. Pero ahora se da cuenta que llegó "con carencias de todo tipo" a nivel académico.

Esa dificultad mayor lleva a que muchos estudiantes "sufran problemas de autoestima" explica la psicóloga Carina Santiviago, coordinadora del Plan de Apoyo a la Generación de Inicio que depende de Rectorado. La Udelar creó este plan en 2007 justamente con el objetivo de facilitar la transición entre el liceo y la universidad. En ese sentido, Santiviago confirma que los del interior se acercan porque muchas veces se sienten "agobiados". "Algunos vienen con menor nivel y otros se sienten con menor nivel. Porque también hay una cuestión de autoestima. Llega un momento en el que dudan si van a poder con todo eso".

Un embajador rural. Está claro, como dice Gallinal, que no es lo mismo llegar a casa y tener la "comida calentita" que aprender a desenvolverse solo a 400 kilómetros de la familia. Pablo, con 18 años, pasó a convivir con extraños. De un día para otro dejó la casa en la que vivía con sus padres y su hermana para alojarse en una pensión en la que tuvo que acostumbrarse a dormir en una habitación con dos desconocidos. El baño lo comparte con 12 personas y recuerda que en un momento llegaron a ser 30 haciendo cola para la única ducha.

Al principio no sabía ni hervir arroz. Hoy cuenta la dieta que llevaba y se ríe. "Lo único que sabía era calentar las milanesas que me mandaba mi madre desde Tacuarembó. Las sacaba del tupper, las ponía en el microondas y esa era mi comida de todos los días: cinco milanesas por noche".

La curva de aprendizaje acelerado que tuvo que vivir Pablo no se parece en nada a la realidad de los estudiantes que nacieron en Montevideo, y que cada vez extienden más la estadía en casa de sus padres. Las estadísticas que maneja la Udelar no dejan dudas. Mientras el 61% de los estudiantes universitarios que nacieron en Montevideo viven por lo menos con uno de sus padres, en el interior ese porcentaje se reduce a la mitad: 31%.

Más allá de lo mucho que se habló de la descentralización universitaria, las únicas carreras que se pueden hacer de forma completa en el interior son las que ofrece la Escuela Universitaria de Tecnología Médica de Paysandú, la Facultad de Derecho en Salto y la Facultad de Agronomía, que permite arrancar tanto en Salto como en Montevideo y termina sus cursos en Paysandú.

Muchas otras permiten arrancar en otro lado pero terminan en un embudo que siempre conduce a Montevideo. Es el caso, por ejemplo, de la Facultad de Arquitectura, que dicta 16 de las 30 materias de la carrera en Salto. Pero una vez que termina segundo, el estudiante se ve obligado a instalarse en la capital si quiere terminar sus estudios. La situación se repite con Ciencias Sociales, que también permite empezar en Salto, pero sólo dicta materias de los primeros semestres. En medicina se da el caso contrario. El estudiante puede terminar la carrera en Paysandú, donde se ofrecen las materias prácticas de Ciclo Clínico Patológico I y II, correspondientes a los últimos cuatro años de la carrera.

Ana llegó de Treinta y Tres hace 13 años y se inscribió en Mecánica Dental porque le gustaba "el trabajo manual". Aunque hace tiempo decidió que quiere quedarse a vivir en Montevideo, todavía no logró definir su vocación. "Si lo pienso ahora es cómico pero cuando llegás no tenés ni idea de las 10.000 oportunidades que descubrís cuando llegás". Hizo tres años de Mecánica Dental pero cuando estaba por terminar se dio cuenta que no era lo suyo. Pasó por psicología. También por veterinaria. Al final, se decidió por diseño gráfico.

"Allá es así de sencillo. Si sos bueno para las letras, los docentes te dicen `vos tenés que hacer derecho`. Ni se plantea otra opción". Ese allá es Cerro Chato, Durazno. Así fue que Manuel terminó en Derecho, porque "era bueno para las letras". De todas formas, se siente afortunado porque no duda de su vocación. Aunque también aclara que no tuvo demasiado margen para equivocarse. "Yo veo que los chiquilines de Montevideo van y vienen. Se anotan en una carrera, al año siguiente se cambian para otra, después a otra diferente. Pero yo pienso en el esfuerzo que hacen mis padres para que viva acá y siento que lo que tengo que hacer es terminar lo antes posible".

Los del interior señalan que es fácil distinguir a los estudiantes montevideanos por la actitud: llegan tarde a clase, faltan, se sientan en la última fila. "Yo al principio no podía creer que dijeran que a tal clase no iban porque total era una teórica, de las que no pasan lista", comenta Élida, que se vino de Artigas a cursar Derecho y está en sexto año.

Como remarca Santiviago, esa carga de responsabilidad extra es otro de los motivos de consulta por los que los estudiantes del interior llegan a los talleres de apoyo a pedir ayuda. "El temor a fracasar, a disgustar a los padres, el peso de saber que es un esfuerzo muy importante el que está haciendo su familia se siente mucho". En los talleres también se trata el problema vocacional que, según reconoce Santiviago, es más frecuente entre los del interior sobre todo por "el desconocimiento de la oferta académica con el que llegan". Y porque, además, es muy difícil derribar el mito de "mi hijo el doctor".

Leandro también era "bueno para las letras". Y, como su primo Manuel, estudia en la Facultad de Derecho. Aunque ya cursa materias de tercer año, reconoce que "si volviera atrás, elegiría algo más corto". Pero en Cerro Chato nadie le habló de las posibilidades académicas que no fueran las más tradicionales. Cuenta que si bien en el liceo le entregaron una "guía del estudiante" que detallaba la oferta de cursos y carreras universitarias, "era una guía vieja que tenía por lo menos cuatro años".

"La elección de algunas facultades, como Derecho o Medicina, en términos relativos, es mucho más importante entre los del interior. Y eso es por desconocimiento de la oferta del área de ciencia y tecnología. Es una educación super humanitarista", sostiene Venanzetti. Es un problema a nivel de todos los estudiantes, incluidos los de Montevideo. En un país en el que el principal sector de la economía es el agro, sólo el 4,5% de los estudiantes están inscriptos en el área de las ciencias agrarias (veterinaria y agronomía). En primer lugar figuran las "ciencias sociales y humanas" con un 44%, seguidas por las "ciencias de la salud", que llega al 25%, y en tercer lugar figura el área "científico-tecnológica", con un 24%.

Santiviago, que es especialista en orientación vocacional, explica que la vocación se construye entre "el deseo y el medio". "El que viene de un pueblo chico conoce al doctor, el abogado, el cura y el comisario. Esos son los referentes más cercanos que tiene, a los que le sumará los que sean totalmente lejanos, como los que vea por televisión".

Gallinal ve los dos casos. Los que construyen la vocación desde lo más cercano y no salen de las opciones más tradicionales hasta los que eligen una profesión desde la más absoluta lejanía. Recuerda el caso de un estudiante que llegó del medio rural, de una zona fronteriza con Brasil y que quería estudiar relaciones internacionales. "Me acuerdo que le pregunté: `¿por qué?` Y me contestó que porque quería ser embajador. Y ahí es un trabajo duro que hay que hacer. Porque uno no puede desestimularlo pero por otro lado se siente en la obligación de explicar que si bien es cierto que es una carrera para cualquiera, requiere tener varios idiomas, entre otros requisitos que ese chico nunca va a poder cumplir".

El caso que funciona casi como un denominador común es la idea de estudiar una carrera que pocas veces van a poder aplicar si vuelven al interior. Gallinal cuenta que últimamente no son pocos los que optan por prepararse en Comercio Exterior. "Vos le preguntas si ellos piensan quedarse en Montevideo o volver al interior y te dicen que piensan volver. Pero nunca pensaron si lo van a poder aplicar".

Por eso, cada mañana Gallinal prepara el mate y se apronta para escuchar los problemas de los que llegan, incluso para orientarlos a elegir su vocación. u

Las Cifras

36%, de los estudiantes nacieron fuera de Montevideo, aunque constituyen el 59% de la población.

1%, de los inscriptos en la Udelar vienen de zonas rurales: son tres veces menos que los extranjeros.

3.500, pesos mensuales otorga Bienestar Universitario a 500 estudiantes que consiguen beca.

12, pesos cuesta el tíquet para almorzar o cenar en los dos comedores universitarios.

61%, de los estudiantes montevideanos viven con sus padres: en el interior son la mitad.

4,5%, se inscriben en ciencias agrarias; con el 44%, las ciencias sociales siguen primeras.

la terapia de grupo de los hogares

n Algunos consideran que los hogares municipales llevan a que el estudiante no interactúe tanto con la gente que conoce en Montevideo y se mantenga en un núcleo cerrado. Pero los estudiantes del hogar de Artigas lo ven desde otra óptica. Élida, que tiene 24 años y ya está por terminar Derecho, destaca que la residencia sirve para aprender "de la experiencia de los compañeros".

Sonia, que cursa la licenciatura en Registros Médicos, explica que el hogar amortigua la "soledad". Y agrega otro elemento interesante: "aprendés un poco de todo porque a la carrera que estudiás le tenés que sumar lo que te enseñan tus compañeros de residencia en las charlas".

Tanto Élida como Sonia concuerdan en que la facultad es "mucho más difícil" de lo que suponían antes de llegar y que el golpe que se sufre al ingresar es "más fácil" de afrontar cuando se vive con otros que están en la misma situación.



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